Hay obras que no se miden por el rigor estrictamente académico, sino por la huella imborrable del momento compartido. Aquí el arte se convierte en un territorio de complicidad colectiva, risas y trabajo en equipo junto a los amigos de la etapa de secundaria con los que compartía la misma pasión. Pintar a gran escala aquellos murales, que nos otorgaron los primeros premios y estímulos en la Estudiantina de Avellaneda y la región, supuso mucho más que un ejercicio visual: fue la primera gran escuela de la camaradería artística, de las largas jornadas al aire libre y de entender el arte como un espacio de unión, celebración y vivencia común que marcó para siempre nuestra forma de mirar el mundo.